¿Hasta qué extremo se pueden reducir las variables de la condición humana a un algoritmo computacional? Parece una pregunta cuántica, pero remite a lo medular de nuestro mundo. Sucedió con la antítesis entre Colonialismo e Ilustración. Imperio de la razón y esclavitud legal. ¿Cómo conciliarlos? Creando un nuevo concepto virtual: Europa colonizaba por el bien de los colonizados. Un ejemplo más: tras la I Guerra Mundial millones de soldados regresaron mudos del frente. Los horrores que presenciaron les impedían hablar. Nadie preguntó por las causas. Fueron tratados como histéricos irrecuperables, y punto.
Para la psicohistoria, la manera en que silenciamos realidades incómodas define nuestro Zeitgeist, los paradigmas emergentes. ¿Quién se atreve hoy en Europa, a preguntarse por las causas reales de la guerra de Ucrania? Y, por cierto, ¿Rusia es Europa? Mandan las respuestas doctrinales, y todas remiten a generar una ola de pánico. ¿Para qué? Para justificar un rearme paranoico y, si se excede, matar al mensajero.
Vayamos de lo colectivo a lo individual. Caso Bretón, el parricida, y el libro "El odio", en que Luisgé Martín da voz al monstruo. Una denuncia de su ex esposa paraliza su distribución. Una sentencia acaba por autorizarla. En el cruce entre el dolor de la víctima y la libertad de expresión, una evidencia. Así nuestro mundo, sujeto a dos tensiones: la manera en que las personas se confabulan colectivamente para negar o silenciar lo que no quieren ver, y aquella en que los valores consensuados de una identidad grupal pueden encubrir una psicopatología colectiva.
Articularlas dentro de un sistema, de eso trata la psicohistoria. Matemática y psicoanalítica, pero con un margen de error infinito. No sólo porque las personas, como las naciones, son impredecibles. Lo peor de todo, es que nunca aprendemos nada.
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