«La obra que tiene en sus manos es el primer estudio completo y detallado de la vertiente militar del primer período de la Guerra de los Treinta Años (1618-1635). Cada capítulo trata de una batalla en particular, aunque Guthrie analiza también otras cuestiones más amplias sobre estrategia, liderazgo, armamento, organización, logística y finanzas de guerra. Guthrie pone el foco en los aspectos únicos de este conflicto, prestando atención a la evolución de la forma de hacer la guerra y de las armas, al impacto de éstas en las operaciones militares, y a la paulatina evolución del sistema de Tercios hacia el más incipiente modelo de guerra en línea. Las campañas descritas en esta obra abordan la derrota de los Protestantes bohemios y alemanes (1618-1623), la Guerra Danesa (1625-1629), las victorias de Gustavo Adolfo (1630-1632), y la derrota final de los suecos en la batalla de Nordlingen (1634). Se incluyen también numerosos teatros secundarios, acciones menores y exhaustivos órdenes de batalla, constituyendo una historia militar completa de la que fue llamada “Guerra Alemana”. Montaña Blanca-Mingolsheim-Wimpfen-Hochst-Fleurus-Stadtlohm-Dessau-Lutter-Breitenfeld-Lech-AlteVeste- Lutzen-Oldendorf-Nordlingen».
En esta gran Guerra se produjo una sucesión de conflictos independientes, aunque todos ellos concatenados por una causa común. “La primera chispa que la originó, una rebelión Protestante en Bohemia, sirvió para intensificar las rivalidades locales, los rencores larvados de antiguo y un sentimiento anti Habsburgo por toda Europa. Las condiciones enfrentadas desafiaban una simple clasificación en clave religiosa, política o histórica. Cada participante tenía políticas y objetivos diferenciados: los alemanes Católicos luchaban contra los alemanes Protestantes; la Francia Católica luchaba contra la España Católica; España guerreaba contra Holanda; Suecia y Rusia se oponían a Polonia ad infinitum, mientras potencias de menor tamaño como Dinamarca y Sajonia cambiaban de bando según el desarrollo de los acontecimientos. En cualquier caso, podría resumirse como un interminable ajuste cuentas entre dos alianzas cambiantes centradas en los gobernantes Habsburgo de España y Austria por un lado, y Suecia, Francia y Holanda por el otro”.
En 1629, Dinamarca es derrotada, aplastantemente, y se retira de la guerra, lo que parecía que señalaba el final de la guerra en las tierras alemanas. Los protestantes tanto los irredentos como los moderados consideraban que estaban ya fuera de la conflagración, y por lo tanto los católicos estaban en la cúspide para poder resolver la guerra. No obstante, los católicos se equivocaron al tratar de acabar con los protestantes, ya que licenciaron sus tropas y el generalísimo Albrecht Wenzel Eusebio von Wallenstein (1583-1634), odiado hasta la extenuación por su crueldad, autoritarismo y forma despiadada de guerrear, fue destituido. Entonces, para substituirle se nombró al veterano Johann Tserclaes de Tilly (1559-1632. ‘El monje con armadura’), jefe de las tropas Imperiales del emperador Fernando II de Habsburgo (1578-1637) y de las de la Liga Católica (1609), está última incluiría al filósofo y matemático francés René Descartes (1596-1650). Y mientras esto sucedía, Gustavo II Adolfo (1594-1632), el genial monarca sueco desembarcaba en el continente, proclamándose el salvador del protestantismo alemán. Como hasta el mes de febrero de 1631 no pudieron los católicos preparar un frente militar en condiciones para luchar contra el monarca calvinista de Suecia, este estuvo capacitado para conseguir controlar la costa del mar Báltico y las tierras regadas por el río Óder. El general Tilly se veía obligado, por consiguiente, a poner en pie de guerra dos cuerpos de ejército diferentes, uno de ellos para la defensa de la Liga Católica, en el río Elba, y el segundo en tierras imperiales del Óder; ambas fuerzas para detener el avance del monarca sueco hacia el oeste y atacarle por el sur. Sea como fuere, el monarca sueco se enfrentaba, sin muchos problemas, a unas tropas católicas deslavazadas y con poca enjundia militar.
“Para agosto ambos bandos habían asestado y encajado severos golpes. Los suecos habían asegurado Brandeburgo y Mecklenburg, pero habían perdido el enclave vital de Magdeburgo. Ambos ejércitos se habían llegado a enfrentar en dos ocasiones, en Neu-Brandenburg y en Werben, y en ambas se había retirado Gustavo Adolfo. Por otra parte, la suerte de Tilly había ido incluso a peor. Sus logros habían sido decepcionantes y la destrucción accidental de Magdeburgo había provocado un desastre en términos logísticos”.
Pero, en este momento tan complicado para las armas católicas, el Elector de los luteranos moderados decidió obtener una solución adecuada a sus intereses, creando una tercera fuerza para forzar un compromiso de paz con las fuerzas católicas de Tilly. Este general comenzó a estar harto de la poca neutralidad del Elector de Sajonia, al que detestaba, y de paso odiaba la inexperiencia de las tropas sajonas. A pesar de su pericia veterana, cometió el error de solicitar plenos poderes al emperador para que pudiese encargarse del atrabiliario ducado. A continuación, envío un ultimátum al Elector para que disolviese su milicia, enviar su bisoño ejército al propio Tilly, y de esta forma así el territorio sajón podría ser ocupado por los ejércitos imperiales; consiguió avanzar a territorio sajón y conquistar Leipzig.
“Tilly no era el único que consideraba a Juan Jorge un estúpido, pero se equivocó al confundir estupidez con debilidad. El elector no dio marcha atrás ante esta demostración de fuerza, de hecho marchó abiertamente a la rebelión. Tilly lo había empujado a unirse con su ejército a Gustavo Adolfo. Juntos, superando en número a Tilly en una proporción de 4 a 3, marcharon los aliados directamente sobre Leipzig”. Las causas de la guerra de los Treinta Años se pueden resumir sucintamente en: el desequilibrio de poder en Centroeuropa; el debilitamiento del Sacro Romano Imperio Germánico, donde algunos Electores ya eran luteranos; el resentimiento de la poderosa familia imperial austriaca, los Habsburgo, contra algunos de sus Electores; los intereses comerciales regionales, que ya estaban en manos de una poderosa burguesía protestante holandesa; y la guerra entre católicos y luteranos. ¡Magnífico! «Iustitia est unicuique dare quos suum est. ET. Quod omnes tangit ab omnibus approbari debet».
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