En consecuencia, cabe interrogarse a propósito del objeto de esa contemplación. Parafraseando al Wittgenstein del Tractatus…, la poesía de Boco mira todo aquello que es el caso o que acaece: el mundo. ¡Menuda tarea y condigna ejecución!
Los ojos incendiados y voraces
En “Ruido blanco”, del libro Paisaje fronterizo, se lee: “(…) nos hacemos desasidos de todo con la mirada y su trabajo / sobre un decorado que apenas acelera para que sea posible alguna visión (…)/ los muchachos con el gesto que nace de los ojos (…)/ los gatos retozan al sol con los ojos casi cerrados)/ de golpe todo parece recuperar su forma y estamos en la historia / con el hacer de los cuerpos que buscan su silencio”: el gesto de los muchachos nace de los ojos, los gatos entrecierran los ojos bajo la luz del sol, alguna visión es posible puesto que la labor de la mirada conforma un particular desasimiento. La particular mirada de la poesía de Boco deposita al sujeto en la Historia, para enunciarlo hegelianamente: el hombre es el sujeto arrojado a la Historia, donde el concepto Historia reconoce una íntima analogía con el concepto de Tiempo: el sujeto es arrojado a la Historia, vale decir, al Tiempo: se asume como un ser urdido por la tela de la temporalidad que desemboca, de manera repudiable pero fatal, en la finitud. Pero también y por cierto, la mirada es un instrumento privilegiado de la construcción, ve y recrea, ve e inventa, y el rango de esta construcción no va en desmedro de eso que se denomina, a falta de nombre más adecuado, la realidad real: ese fresno que crece en algún lugar de la calle Triunvirato (“Árbol de oro”, Emblemas) puede transmutarse en un árbol de oro no a causa de un proceso de orden alquímico, sino merced a “la carga de nuestra ilusión”. En “Acechanzas” (Paisaje fronterizo) se advierte: “van solos mis ojos no se sabe adonde”, verso que amerita, cuanto menos, un brevísimo escolio: la pulsión escópica no se dirige a, se halla sostenida, en cambio, por una libérrima errancia, se detiene allí donde queda cautiva, y desde el seno de ese cautiverio restaura el objeto contemplado que nunca vuelve a ser el mismo luego de haber sido iluminado por la inextinguible hoguera de la mirada: fuego que abrasa, cobija y, en ocasiones, quema, puesto que no son sólo los ojos, sino que el corazón es el que mira, el que tiene “cierto modo del mirar” (“Uccellacci e uccellini”, íd.). Los ojos pueden convertirse en “fértil guillotina” (“Los pocos”, Perros ‘cueteros’): cortan, recortan, facetan esa gema en bruto que es la realidad cotidiana. En “Poupee” (íd.), una muchacha “cruza va y viene y cruza sin dar ni pedir más que la mirada”, por lo que se puede entender que da y pide todo: la ofrenda de su mirada y los ojos que la miran y la definen mientras va y viene a lo largo de un trayecto interminable y reiterado, circunscripto al múltiple juego de miradas anhelantes y recíprocas. El primer poema de Pestemidas se titula “Lluvia de líridas”, curiosa expresión que, como bien explica el autor en correspondiente nota a pie de página, alude a una lluvia de meteoritos que el ojo humano puede percibir pues deja su rastro aun después de haber pasado; el poema comienza diciendo: “… miramos a lo lejos a la profundidad / que por aquí llamamos el cielo / para regodeo del ojo sucederán / trazos de brillo en la retina”; séanos permitido conjeturar una hipótesis: la exigencia rimbaudeana del poeta es la videncia, pero también puede ver post factum, cuando todo sucedió: como el búho de Minerva, que abre sus ojos a última hora de la noche. En “Peloteo”, del mismo libro, se lee: “… en el patio de la casa la pelota golpea la pared / vuelve a la mano del chico / va viene va / de la mirada al contacto / la esfera de goma por un instante pierde la forma / pero en el ojo no permanece aquel momento / demanda que algún artefacto lo permita / se congele la imagen se haga un corte preciso / cuando la pelota se deforma y queda / el objeto efímero paredpelota”; la escena que describe el poema es trivial: un niño lanza, una y otra vez, una pelota de goma contra la pared, aquello que le otorga un estatuto metafísico cuyo vehículo es el ojo humano y sus limitaciones estriba en que Boco parafrasea de modo impecable una aporía eleática; otro tanto se puede señalar del verso de uno de los poemas que cierra la antología: “cuando toda recta es ilusión en el gran espacio curvo”: la aporía: el problema sin solución aparente. En el poema “Desiertos” (Mudlark), el poeta se pregunta qué vio Dante a través de los ojos de Virgilio, qué Macduff por las cuencas de los ojos de Macbeth o qué Galileo cuando vio y comprendió habida cuenta de que “nadie mira por tu mirada”; preguntas todas ellas que poseen la dignidad de carecer de respuestas. En los poemas “Ciudad en su siglo” y “Palomas en el cable de la luz”, que abren el libro, también se advierte con claridad qué es aquello que ven los ojos del poeta: la plenitud que inevitablemente anticipa el derrumbe. El breve poema “Cegueras” (Segunda persona) es medular en su brevedad puesto que gira en torno a una materia sustancial: cómo mira el poeta, cuál es el alcance de su mirada. Alguna vez, Hölderlin sugirió que “el rey Edipo tiene tal vez un ojo de más”; en el simbolismo hindú, Shiva posee un tercer ojo que representa aquello que René Guénon denomina “sentido de la eternidad”. Así mira el poeta: con el ojo suplementario de Edipo o el tercer ojo de Shiva; tal la razón por la cual es un visionario.
La memoria insobornable
La mirada de la poesía de Boco registra, recrea, recorta alentada por un “sentido de la eternidad” y con un objeto que, entre otros, se revela manifiesto y que resulta imposible soslayar: la lucha contra el olvido, la preservación de la memoria, único recurso de los mortales para enfrentar a pie firme las asechanzas de los días que royendo están los años.
En el poema “Sentidos”, perteneciente a Paisaje fronterizo, se revela el noble (e imposible) deseo de detener el indetenible transcurso del tiempo hegeliano, el afán de cristalizar el instante privilegiado de dicha o confortamiento, esos remansos que de modo irremediable son devorados por el vértigo del río del tiempo: “Buenos momentos de inquietud en luces que se condensan / vamos creídos que hay cosas que se pueden retener”; no en vano, la nota al pie del poema refiere al Prometeo encadenado, de Esquilo, donde Prometeo reconoce que le ha dado a los hombres la conciencia de su finitud y, a un tiempo, el paliativo para tolerarla: “la ciega esperanza”. En qué consiste tal “ciega esperanza”: en saber que la lluvia de líridas, aun después de haberse consumado, deja un rastro para que el ojo humano dé cuenta del fenómeno y lo recuerde. El poema “Los tubos digestivos” (Perros ‘cueteros’) finaliza diciendo: “(…) … pero ya se sabe / que un niño como un poeta es un idiota que se miente / y un adulto es otro niño que además olvida”: en efecto, la presunta idiotez (que también podría llevar el nombre de “iluminación”) del niño y del poeta consiste en aferrarse a la esperanza prometeica (que también podría llevar el nombre de “ciega iluminación”), la imperdonable deficiencia del adulto es el olvido. En el libro Bárbaro (título que el autor, justificadamente, escribe en caracteres griegos), hay tres poemas en los cuales el olvido es el centro gravitatorio: “Foco”, “El olvido” y “Los niños”; los dos versos finales del último de los poemas mencionados son tan diáfanos que eximen de comentario alguno: “la peor piedad es el perdón / la última traición es olvidar”; son tres poemas, como se lee en el segundo de ellos, que toman y retoman, a la manera de una fuga bachiana, un tema y sus variaciones: “el olvido y el sentir del olvido”. En paralelo y en correspondencia, en “Cumulonimbos” (Mudlark), la ciega esperanza se desplaza para dar lugar al imperio del olvido: “(…) el sueño de los enamorados / la gesta del amor venciendo al tiempo / etcétera etcétera y todos / todo derrotado por el olvido…”.
En otra línea de la reflexión, podría pensarse la literatura como un profuso coral de textos que dialogan entre sí a despecho de cronologías y academias. Toda gran poesía es una celebración de la polisemia (evitamos deliberadamente el término “intertextualidad”: germen de malentendidos, abusos y despropósitos), y ello es de una palmaria evidencia en el caso de la célebre “Tabaquería”, rubricada por Álvaro de Campos, un poeta futurista que ha pasado por el simbolismo y que es uno de los heterónimos más felices de Fernando Pessoa. En el interior de ese poema conviven un sinnúmero de poemas que conforman un todo (titulado “Tabaquería”), pero que también operan y pueden ser leídos como piezas breves y autosuficientes; “Tabaquería” es, en suma, un poema grávido de poemas. “Bárbaro en kiosco” (Bárbaro) dialoga con notable fluidez con “Tabaquería” en la medida en que Boco recoge un hilo de ese poema infinito, pero recreando tono y personaje. En “Tabaquería”, el poeta (condenado a encontrarse “siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente”) advierte que quien sale de comprar en el negocio es un tal Esteves, un conocido, a quien saluda: “(…)… me saluda con la mano y yo le grito ¡Adiós, Esteves! y el universo / se reconstruye en mí sin ideal ni esperanza / y el Dueño de la tabaquería sonríe.” En “Bárbaro…”, a quien se ve es a un amigo de Esteves, “marcha seguro el paso porque siempre supo / quién es / para qué está / cuál es el sentido de esto y aquello / y de todas las cosas… / y el dueño del negocio no sonrió.” El “amigo de Esteves”, creado por Boco, es la prolija contrapartida del yo poético de “Tabaquería”, que comienza por admitir sin ambages: “No soy nada. / Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada”; el amigo de Esteves sabe sin hesitar “cuál es el sentido de esto y aquello / y de todas las cosas…”, estólida certidumbre que ni siquiera estimula una sonrisa en el rostro del dueño del negocio. Otro tanto se podría conjeturar de “Genealogía”, del mismo libro: en “Tabaquería”, el poeta expresa un reconocimiento lindante con la anagnórisis del teatro clásico griego: “El disfraz que me puse no era el mío. / Creyeron que yo era el que no era, no los desmentí y me perdí. / Cuando quise arrancarme la máscara, / la tenía pegada a la cara. / Cuando la arranqué y me vi en el espejo, / estaba desfigurado.” El “bárbaro” de “Genealogía”, “(…)… se reitera y se reitera / la luz del ser en el deseo de su para siempre”, y resulta imposible verlo “al descubierto / porque su sino es el disfraz”, con lo cual se puede apreciar con claridad que Boco delinea una impecable coincidentia oppositorum: el destino del “bárbaro” es el disfraz, pero desea, spinozianamente, perseverar en su ser. Otra coincidentia… del mismo tenor se verifica en el comienzo del poema “Enrarecimientos” (Pequeñas cacerías): “… para que brote otra forma de la claridad / que la misma cosa sea otra y luego de oscurecer / sea lo mismo y lo otro / lo más otro de toda otredad…”, versos en los que resuena la cadencia del concepto de “luz oscura” de la poesía mística.
La voz poética de “Tabaquería” difunde un peculiar asombro: “Hoy estoy perplejo, como quien pensó y encontró y olvidó, / hoy estoy dividido entre la lealtad que debo / a la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera, / y la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.” Perplejidad y disociación que en modo alguno son ajenas a la fina percepción poética de Boco, sino que, muy por el contrario, forman parte de su columna vertebral. Baste y sobre transcribir fragmentos de un par de poemas. En “Licántropos” (Perros ‘cueteros’), se lee: “(…) y andamos niños olvidados por la música / entre sueños y vigilias que parecen la realidad / y no se diferencian.” En “De tarde” (Pestemidas): “(…) la imagen desafía el algo que llaman lo real o peor / lo verdadero / no se sabe no es posible saber / qué titubeos nos rodean”. En “Detalles” (Pequeñas cacerías): “(…)… quimeras del sueño persisten en la vigilia”. La poesía de Boco le transmite al lector que se sumerge en ella (una sumersión, por lo demás, altamente aconsejable) una particular sensación de abismo, una mise en abîme de acreditado cuño: esa mirada –la mirada de la poesía de Boco- que todo lo registra, en su pormenor y en su vastedad, también reconoce (al contrario del “amigo de Esteves”, tan seguro en su soberbia necedad) el tembladeral que es el mundo, ese espacio ancho, y contradictorio, y turbador donde sueño y vigilia, lo uno y lo otro, la realidad y la representación se conjuntan hasta tornarse inescindibles.
El lugar más fecundo
Para Heidegger, el lenguaje es el acontecimiento (que sucede en el mundo) por antonomasia; de hecho, el ser acontece en el lenguaje y sólo en él. Pero en Arte y poesía, abunda y señala: “El decir proyectante es aquel que en la preparación de lo decible, al mismo tiempo, trae al mundo lo indecible como tal”: la definición es magnífica y grávida en consecuencias. En efecto, el decir de la poesía se trama sobre el tapiz de lo decible cuyo envés está tramado con los hilos de lo indecible. En este sentido, como en tantos otros, la poesía de Boco es ejemplar. Ya en uno de los primeros poemas de la presente antología, titulado “Unos y unos” (Paisaje fronterizo), se lee: “así los llama el uno a todos ellos / y el otro uno a todos los que buscan / algún reverso en la cara de las palabras”, ¿qué es este reverso sino el hilo de lo inefable? En “Modo potencial” (Pequeñas cacerías), se advierte que “aquí no se habla del amor o del pesar / de tristezas o alegrías sino / quizás (otra vez) / de todo lo que puede pero todavía no”; el título del poema es harto pertinente porque el envés del lenguaje sólo se puede conjugar en modo potencial, palabra que lejos de ser asertiva resulta vacilante, enunciación que podría decirse pero que aún carece de palabras para ser dicha: elocución que tiende a la plenitud pero desfallece en la parvedad. En “Imágenes” (Segunda persona) se trasluce el inevitable asombro ante la palabra (“y esto es tan irreal / como todo lo que se nombra / y te nombra”); en “Tono” (íd.) se señala que “hay palabras en medio de palabras que pugnan / por abandonar la distorsión del balbuceo” y ya en “Pérdidas” (íd.) se constata abiertamente que hay “una fractura entre las cosas y la idea de las cosas”: tal la inefabilidad, el abismo entre el nombre y la cosa nombrada.
Merece la pena detenerse en dos poemas del mismo libro. El poema titulado “Monarca” finaliza diciendo: “el subsuelo menos espeso del poema puede ser visible / tal vez no sus pasadizos más oscuros / que como en el temblor de la llegada de la mariposa / te ofrecen sólo su vibración cuando te acercas en el vuelo” y “Sujeto” alude al “rostro / tenaz opaco liso misterioso / de algo más allá del silencio…”. Ambos poemas se repliegan sobre su propia materia puesto que remiten a la intelección del poema: ese acontecimiento que se construye más allá del silencio y que intenta atravesar con la palabra la abigarrada red de lo indecible. En Enigmática gracia de las cosas, tales y trascendentes dilemas ocupan el centro de la escena: “queda el silencio que buscamos acallar / el origen y el fin entrópico de la carrera”, o “vigas y columnas para sostener el peso de lo que no se sabe”, o “(la gravedad no puede con lo no dicho)”. La poesía de Boco deja preguntas cuyo largo alcance excede en mucho cualquier esbozo crítico (incluido, por cierto, éste): ¿cómo se apresa lo inasible?, ¿cómo se articula el silencio?, ¿cómo se enuncia lo inefable? Las vislumbres de respuesta no están en el laborioso afán interpretativo, sino en la profundidad del hecho poético: irrepetible, único, intransferible a otros términos que no sean los propios.
En el marco de una entrevista, el autor ha manifestado: “(…) … escribo versos y utilizo una metáfora matemática para graficar la situación, digo que lo que procuro es lograr lo que hace una curva asintótica respecto de la recta a la que se aproxima, infinitamente sin tocarla nunca, esa recta es la poesía y la curva son los poemas”. La metáfora es inmejorable. La poesía de Alberto Boco se erige en el centro geográfico de lo inefable: el sitio más árido, el lugar más fecundo.