Las tropas castristas abrieron fuego contra los invasores, y, sobre todo, uno de los mayores interesados en que aquello tuviese éxito, era José Alfredo Pérez San Román (1930-10 de septiembre de 1989), quien siempre había estado contra la dictadura de Fulgencio Batista, quien lo habría encarcelado. En enero de 1959, los revolucionarios de Fidel Castro lo liberaron de la prisión de Batista. En un momento determinado, consideró que Fidel Castro había traicionado los ideales democráticos, y entonces fue de nuevo encarcelado, ahora por sus liberadores. Como resumen final este joven revolucionario descontento terminaría en los Estados Unidos de América, desde donde conspiraría contra el régimen castrista, que estaba aherrojando a los cubanos que se oponían a su tiranía.
“En apenas unas horas resultó evidente que los exiliados estaban condenados, y si la muerte o la rendición se retrasaron fue solo debido a la lentitud de los defensores. El combate, reducido a unos pocos miles de metros de arena, manglares y palmeras con el mar a la vista, se prolongó durante tres días. Los estadounidenses que habían planificado la operación pretendían que esta desencadenara un levantamiento masivo del oprimido pueblo cubano, ansioso por liberarse de las cadenas de Castro. En lugar de ello, los exiliados que fueron hechos prisioneros se toparon con una multitud furiosa que los insultaba y les escupía en la cara: “¡Paredón! ¡Paredón! ¡Paredón!”. Los cubanos, que querían sangre, pero no la de Fidel, exigían que se ejecutara a los ‘libertadores’. En la costa, los barcos de transporte que habían sobrevivido al ataque de la aviación cubana zarparon para ponerse a salvo y abandonaron a los invasores a su suerte”.
El máximo mandamás de los EE.UU. de América le había concedido a Fidel Castro un extraordinario balón de oxígeno, y de esta forma enaltecía el prestigio incalificable de aquel líder cubano, que siempre mentía por convicción. Sea como sea, entonces Fidel Castro Ruz decidió, motu proprio, que la única forma de evitar un nuevo intento anticastrista era colocarse bajo el paraguas militar y político de la URSS, dirigida entonces por el secretario general del PCUS, el ucraniano Nikita Jrushchov (1894-1971). En ese momento histórico existían dos tipos de exiliados cubanos en los EE. UU. de América, los que habían sido soldados con Castro, y los que lo habían hecho con Batista, aunque ambos consideraban que el presidente estadounidense, John Fitzgerald Kennedy (1917-1963) no hacía suficientes esfuerzos como para derribar la dictadura comunista cubana. Sobre todo, cuando manifestó que: “Debemos procurar fortalecer las fuerzas democráticas no vinculadas a Batista, tanto en el exilio como en la misma Cuba, que son las que ofrecen la esperanza de derrocar a Castro. Hasta este momento esos guerreros de la libertad no han contado prácticamente con ningún apoyo de nuestro gobierno”. El error estribaba en que se pensaba que cuando los comunistas accedían al poder, la mayoría de los habitantes los rechazaban; lo que nunca ha sido correcto, ya que estos sistemas políticos se encargan de crear auténticos sistemas de opresión político, que impiden cualquier intento de libertad.
«En este nuevo libro, Max Hastings se centra en la crisis de los misiles de Cuba, los trece días de octubre de 1962 que mantuvieron el mundo al borde del abismo nuclear. Hace una nueva aproximación a este momento histórico desde los distintos puntos de vista de líderes nacionales, oficiales rusos, campesinos cubanos, pilotos estadounidenses y desarmadores británicos, a la vez que aporta entrevistas con testigos visuales, documentos de archivo y diarios, grabaciones en cinta de la Casa Blanca, para ofrecer un retrato aproximado de la Guerra Fría en la Cuba de Fidel Castro, la URSS de Nikita Jrushchov y los Estados Unidos de Kennedy. Más allá de la historia militar y de la confrontación, Hastings profundiza en las causas de fondo que propiciaron el conflicto, desde la situación de la Cuba aliada de Estados Unidos bajo el mando de Batista hasta el régimen de extrema hostilidad hacia los americanos de Castro, pasando por el sentimiento de debilidad de los soviéticos ante los americanos después de la segunda guerra mundial y su necesidad de reafirmación en el pulso de la Guerra Fría. La crisis cubana puso de relieve el riesgo nuclear, así como la dificultad de hacer una buena estrategia ante la incomprensión del enemigo. En este sentido, Hastings describe con detalle y de forma innovadora las actitudes y la conducta de rusos, cubanos y estadounidenses, a la vez que analiza el clima de tensión que afectó a todo el mundo ante uno de los episodios más críticos de la segunda mitad del siglo XX».
Los cubanos de playa Girón no estaban preparados, como se debería esperar, ya que 250 eran estudiantes universitarios, y los soldados experimentados eran únicamente 135. Esos combatientes estaban conformados por maestros, mecánicos, periodistas, geólogos, ganaderos y tres sacerdotes católicos. Iban varios hombres de religión judía, pero no existía ninguna mujer. Todos eran de raza blanca, salvo cincuenta de ellos que lo eran de color. Algunos de ellos no habían empuñado un arma de fuego antes de llegar a la bahía de Cochinos. En cuanto a su vinculación sociológica y cultural, algunos de ellos se vinculaban más con los EE. UU. que, con su patria cubana, lo cual ya resultaba paradójico. Verbigracia, Manuel Ray Rivero (1924-2013), enemigo acérrimo de Fulgencio Batista, y luego ministro de Obras Públicas con Fidel Castro, puesto del que dimitiría por la deriva marxista-leninista-estalinista del régimen cubano, ya escribiría muy a posteriori: “La operación no arraigó en el pueblo de Cuba. Muchas de las personas que formaban parte de la fuerza no sabían por qué estaban luchando… Muchos de los elementos de la fuerza representaban al viejo ejército cubano”.
La bibliografía es de una enorme, obvia y necesaria, amplitud y de una riqueza esclarecedora fuera de toda duda, que nos permite tener un conocimiento paradigmático exhaustivo sobre lo que representó este hecho; por supuesto que se encuentran entre esos libros las memorias del propio Jrushchov. En suma, estamos ante una obra fuera de serie, sobre un momento histórico que se vivió con un encogimiento de la psiqué colectiva. En esas Memorias, el líder soviético agradecía y valoraba el compromiso de los norteamericanos de no actuar sobre Cuba. ¡Extraordinaria obra literaria, que merece un sobresaliente indubitable! «Ea quam pulchra essent intellegebat. ET. Cecinerunt tubae».
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