Lo más aterrador, por la necedad subyacente: la manera en que Europa se llevó las manos a la cabeza, hace un par de semanas, cuando las delegaciones rusa y estadounidense se reunieron en Riad, ¿para poner fin a la guerra de Ucrania? No, su objetivo era sentar las bases del nuevo orden mundial. La palabra clave: realpolitik. Es decir, la prevalencia del pragmatismo de las potencias, por encima de cualquier consideración ética.
Pura y dura realpolitik americana fue su decisión de cortar los vínculos crecientes entre Rusia y Europa -energía barata a través de los gaseoductos Nord-Stream I y II-, incitando a Ucrania a entrar en la OTAN -violando los acuerdos de Minsk, también I y II-. Algo así como si Rusia reeditara la Crisis de los Misiles del ’59, asentando en Cuba un arsenal nuclear con vistas al Pentágono. Desde entonces, violando Minsk I y II, como decimos, y pese a la desaparición del Pacto de Varsovia, la OTAN no ha dejado de expandirse hacia el Este. Ante la amenaza occidental, pura y dura realpolitik rusa fue igualmente su decisión de invadir Ucrania. Acción, reacción. Como la voladura de los Nord Stream I y II, por parte de los servicios secretos británicos, al poco de que se iniciara la guerra, de modo que ya no cupiera dar un paso atrás.
En 2020, el presidente Macron consideraba la OTAN en estado de muerte cerebral. Los muertos éramos nosotros, y no lo sabíamos. Hoy ya sabemos que Ucrania nunca entrará en la OTAN. Llegar a esa constatación obvia ha costado un millón de cadáveres -según el Wall Street Journal-, un millón de cadáveres que ocultamos, apartándolos de las noticias: ya saben, el parte de guerra de cada día jamás pasa de dos o tres bajas, por más drones que detonen sobre Kiev a lo largo y ancho de tres años.
Junto con la tragedia sobre el terreno, una crisis energética sin precedentes para el continente, su clamoroso desplome en el ámbito de la gobernanza global, y un contrasentido tragicómico: nuestra sumisión a una alianza militar esencialmente paranoica o la militarización de Europa, precisamente cuando nadie cuenta con Europa para nada.
Vayamos con la geopolítica. ¿Qué es? Un juego de poder cuya suma es cero. Se lo explico: el incremento de poder político y económico de los ganadores se corresponde con una disminución equivalente para los perdedores.
¿Quiénes ganan con la inminente capitulación de Ucrania? Rusia, EE.UU. y China. ¿Quiénes pierden, además de Ucrania? Europa, por supuesto, pero más Alemania que Francia. ¿Por qué? Porque Francia ha sabido blindarse con una economía autárquica basada en la energía nuclear, también porque ostenta la industria armamentística más pujante de la UE -negocio a la vista-, mientras que Alemania, gas-dependiente y dotada de un ejército irrisorio, pagará las consecuencias.
Hay un perdedor más: la retórica arcangélica con la que nos venimos emborrachando desde hace tres años. “Esos cretinos no se enteran” -bramó Christopher Hitchens, refiriéndose a los negociadores de la cuestión palestina-: “Deberían estar en una esquina vendiendo lápices en una taza”. Cuantos “expertos” merecerían el mismo destino ahora que, desde Ucrania, nos engalanamos para el funeral de Europa.
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