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"Apenas", de Pablo Mackenna. La belleza de la lítote y de la paradoja como método del poeta en su otoño

«¡oh padre porqué me habré yo abandonado!»
sábado 22 de febrero de 2025, 12:11h
Apenas
Apenas

Si algo se percibe al entrar en este hermoso y palpitante poemario, repleto de imágenes imprevistas y extraordinarias (v.gr. hay nubes tan largas), titulado sucintamente Apenas, es que está escrito y concebido desde la conciencia de «la desnudez del otoño» (v.gr. a pablo); es decir, desde esa conciencia de la vida vivida ya (v.gr. ¿cómo fue?), aunque nunca esté uno seguro de cómo el tiempo se nos ha escapado (v.gr. me compré un reloj) y de cómo nos hemos llegado a encontrar así, súbitamente, solos. Y es, desde esa conciencia de lo que merece y no merece la pena, desde la que el poeta Pablo Mackenna entiende que no hay que no hablar del mundo real, del yo real, en un poema (v.gr. este poema no es un poema), pues, en la lucidez del otoño, si uno ha vivido –y este poeta lo ha hecho, se nota en sus versos: aun sin haber controlado todas las variables–; traspasado, de parte a parte, por una autocompasión que no estamos seguros de si es merecida o inmerecida –eso, al fin, no importa tanto–, sabe el valor de las lítotes y de las paradojas.

Como sabe, también, que eso que dicen que es la sal de la vida (o del dolor: v.gr. ocupa), a menudo –o siempre, tal vez–, lo confundimos con eso que llamamos amor y solo es entrada a la habitación vacía de las sillas huachas –las únicas que escuchan– y de la puerta abierta en pleno invierno, al azote del tiempo, de su arena inexorable volcada a la muerte y a la nada (v.gr. y la muerte se volvió de pasos ligera).

Y no sé por qué, con la lectura del poema a veces escribo poemas en mi cabeza, me ha venido a la mente el final apoteósico de Pasolini en su Decamerón, cuando, contemplando el fresco/obra(poema), por fin realizado, hecho, concluido, se pregunta el porqué uno, un artista, un músico, un poeta, se empeña en dar al mundo lo que en sus mentes ya es perfecto… O, como el maestro –encarnado por el propio director– se pregunta, antes del definitivo fundido en negro, «¿por qué empeñarse en realizar una obra, si es mucho más bello soñarla solamente?» La respuesta está, acaso –como se dice a sí misma la voz del poema–, en la esperanza de que «quizás llegue el día en que aparezcan / como emerge de la tierra el cántaro / o en los ríos, libres, afloren / como pulcros vestidos de fiesta / flotando en el agua» las respuestas a todas las preguntas sin respuesta. Que es la razón última por la que Mackenna se empeña en escribir lo ‘inescribible’, en expresar lo inexpresable: ese dolor de vivir que lo atormenta. La esperanza de que tengan respuesta las preguntas hechas y los errores de lo vivido, como se vislumbra en uno de los poemas más vibrantes de este libro, Balances (que podría subtitularse: ‘o la sinceridad necesaria’).

Y, si algo valoro, al cabo de tantas lecturas y años acumulados, es la verdad, la honesta sinceridad –ojo, no el inútil e hiriente exhibicionismo que algunos confunden con la honesta sinceridad–, por lo que un poema que comienza… «he perdido unas cuantas muelas / y mi sonrisa, desencajada, no ha sabido qué hacer / con los vacíos…», créanme, promete; pero si, en un momento dado, se desmarca con esta imagen, acerca de la pérdida… «[una vez] tuve una casa frente al mar / perdí el mar, la ventana y las puestas de luna / hoy se baña en otros ojos…», es que estamos ante una poesía de quilates.

Hay momentos, en los que, como el poeta, creo que «sobran las erres»: en los apellidos, en el pensamiento y en la poesía, que «¡no debe[mo]s entenderlo todo!...», pues ¿por qué pretender lo imposible e innecesario? ¿No sería mejor regresar a nuestro ‘buen salvaje’ interior…? ¿Por qué no probamos a deshacernos del deus ex machina que hemos creado y que solo nos «habla» a golpes, y «apagamos la luz»? ¿Por qué no probamos a encender, de nuevo, el fuego comunal, íntimo y purificador…?

Entre tanto, Teillier «arruma» al poeta, Anne Sexton lo «clava» y Nicanor le «hace reír» y lo reconforta (v.gr. fe de ratas) El ruido del mundo, en el café o fuera del café, sus gritos y su barahúnda, puestas así las cosas, no es asunto del poeta, que se niega al inútil juego efectista y al pedante devaneo con las palabras y las emociones impostadas, lo suyo es el silencio, los libros, un cigarrillo y la noche; el silencio de la noche, para dialogar con los muertos, tal vez; o lamentar la pérdida de las auténticas palabras, de esa virtud ‘creadora de mundo’ que tuvieron «en otros tiempos», cuando eran «descollantes / pinceles-colores, corceles-corcoveo, caracoles-calma / conjuraban contra lo oscuro, calmaban la sed / nombraban y el mundo manaba en nuestros labios / y lo dicho se abría al universo…» (la pandemia de Dante)

Poco más queda, pues, que ser aterrorizado por las sombras y sus monstruos, porque «todo lo bello se acaba» con el fin de la luz y de las palabras creadoras de mundo; todo desaparece en las tinieblas, como los algodones celestes de los «cerezos», y «convierten tu infancia, las sonrisas, los paseos / las tiernas miradas que se perdieron / en horrendas muecas, contorsiones / gritos de espanto.» Por eso, también, es tan triste y paradójicamente (una vez más) desolador el tránsito a la luz, desde la dulce y protectora penumbra de la madre… «Desde el dulce abrazo de sombras a la luz / a esta luz que escuece / a los fuegos fatuos de la vida / pantomimas…» (la trenza cortada)

En fin, si algo nos queda, al salir de este Apenas, de Pablo Mackenna, es la sensación de una sombría pulsión de autodestrucción («puedo perderlo todo y quiero hacerlo»: perderlo todo) y, de paso, de una autocompasión que lo atraviesa todo (merecida o no, eso no importa, hemos dicho; solo sabemos que el poeta está cansado de ser él mismo: v.gr. resulta que me canso de ser yo)… «Cada día queda menos de mí / cada día me arranco un niño / una línea de la mano / me arranco un dédalo, sus alas / o del mismo dedo y de su yema / cada día me arranco un pétalo». No es extraño que Iscariote sea uno de sus símbolos recurrentes o que haya, en él, poemas como cada día menos… «cae / de este otoño impreciso / una primera y última hoja que viene silbando / como un brevísimo temblor / como un error calendario, un parpadeo / cae / al nacimiento de mis manos / y que brillando me muestra /el filo de su sentencia acerada…»

Aunque también los hay como puntito y copos de nieve, abiertos a una tímida y melancólica esperanza de que no todo estuvo perdido… «porque hubo un día / que me vale por todas las noches oscuras del alma / en que todo el amor del mundo / el misterio de estar vivo frente a lo inefable / se contuvo en la mirada de mi hija…» Instantes vida, que justifican la nada y la náusea. Porque, fuere como fuere, todo, el cielo comienza en tus pies. Por eso, no me sueltes, por favor «y abrazados incendiemos el abismo». Mas por qué, al final, ¿por qué me has abandonado?

⁎ Se puede conseguir el libro a través de Buscalibre o de https://rileditores.com/

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