Escribir es una forma de indagar en la relación entre realidad y recursos expresivos. La literatura, para mí, es un juego, a ser posible inteligente, que no pretende sustituir la realidad que queda fuera, sino establecer vínculos con ella. Si un niño se inventa ser soldado o prisionero, pirata o policía o enfermero, lo que hace no es borrar el mundo, aunque pueda estar tan absorto en la realidad recién inventada que a veces le parezca que todo lo demás se desvanece. Está, mediante la ficción y su representación, experimentando, acercándose a posibilidades de estar vivo, reconociendo los propios límites y las maneras de romperlos.
Mi acercamiento a la literatura es ése, el de mezclar lo lúdico con lo que en la vida real me seduce o me amenaza. Quizá por eso no he pensado nunca en términos de género. No soy novelista. No soy poeta. No soy ensayista. Y a la vez pretendo ser todas esas cosas, porque cada una me permite usar reglas distintas, esto es, variar estilos y personalidades, multiplicar las formas de introducirme a la vez en el juego y en lo real.
Así que si durante mi vida literaria he saltado de un género a otro hasta abarcarlos casi todos no es por un afán coleccionista –desde que soy adulto no he coleccionado nada, ni siquiera libros-, no hay en mí tampoco ánimo de vencer ningún tipo de récord. Y ni siquiera es una forma de superarme a mí mismo o de demostrarme mis habilidades. Lo que me interesa es poder usar distintos tableros de juego que me permiten conectar de formas nuevas con emociones e ideas, con vivencias verificables y también con otras imaginarias –que son eco de las primeras-.
¿Por qué te has pasado a actuar, a hacer teatro? me preguntan ahora también. Y la respuesta es la misma: porque es otra forma de jugar –en francés, en inglés y en alemán, entre otras idiomas, la palabra para jugar y actuar es la misma-. Es decir, es otra forma de conectar ficción y realidad, otro camino para desarrollar a mis personajes más allá de lo que podía hacerlo sobre el papel o la pantalla. Y porque añade la sensación de riesgo necesaria en todo juego. Una de las diferencias de actuar y escribir es que haciendo lo primero mis amigos imaginarios se materializan: tengo que trabajar con un director, que hace su aportación, que interviene, que tira también él los dados, y luego el público está ahí, presente, y reacciona de inmediato al resultado de mi fantasía.
Así, pretendo no dejarme limitar por las restricciones que imponen los géneros, o al menos sólo aceptarlas temporalmente porque es necesario usar un lenguaje que me permita comunicar con otros participantes, los lectores. Pero no, los géneros no me interesan salvo para aprender a jugar con ellos y a usar sus bazas para adentrarme en el mundo.
A estas alturas, no creo que merezca la pena responder a la pregunta de por qué estoy rodando un documental.
Por José Ovejero
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